CONFESIONES DE UN EX-SEMINARISTA

Estuve en un Seminario desde los 10 hasta los 17 años. Iba a ser sacerdote. Cuando salí, había perdido mi adolescencia. Ubicado a 1 km. de la ruta hacia adentro, en un parque de 64 Hectáreas, en ese edificio del medio no había Televisión, radio ni diarios. Todo estaba prohibido. Aislados del mundo, éramos 300 los aislados del mundo.

La palabra mujer estaba prohibida. No sólo no se podía hablar de amor o sexualidad: no se podía pensar en nada pecaminoso. Era pecado mortal y te ibas al infierno. Vivíamos en silencio la mayor parte del día. Una disciplina férrea y un estudio intenso y ordenado.

Tambien estaba prohibida la amistad. Supongo que para evitar la homosexualidad en esa convivencia de varones solamente, durante años, las 24 horas del día. Se nos preparaba para vivir, en el futuro, solos y autosuficientes. Solteros, por supuesto y sin amigos.

Hoy soy agnóstico, y allí perdí mucho y gané algo... Pude casarme, terminar la Universidad, doctorarme y tener hijos. Pero todo lo que me inculcaron allá me queda como un ruido, una bruma.